Recuerdo perfectamente cuando decidí tener un hijo.
Volvía de la antigua Unión Soviética en el año 92, allí estuve un mes. Poco tiempo para conocerla bien pero suficiente para dar-me cuenta de lo bien que vivía en mi ciudad, en mi país.
Recuerdo que siempre había idealizado las sociedades comunistas, y recuerdo con exactitud la decepción que sufrí al visitar una de ellas. Quizás me quedé con la parte más superficial, pero entrar en un supermercado y no tener nada que comprar me causó mucha impresión. Allí daba igual ser un preparado ingeniero que ser el basurero, a la hora de comprar tenias las mismas opciones y el mismo precio.
Aquí, donde el capitalismo me parecía asqueroso teníamos por lo menos la oportunidades y opciones a conseguir un sueño: con esfuerzo.
Volver y aterrizar en el aeropuerto de Barcelona me hizo muchísima ilusión. Aquel viaje cambió mi vida y fue aquel mes de agosto cuando decidí tener un hijo.
Me parecía genial poderle dar millones de oportunidades para que él un día pudiera elegir libremente su camino, y aspirando simplemente que en su futuro fuera feliz.
Me marqué ayudar-le a que fuera capaz de tomar sus propias decisiones.
Me empeñé en que su camino fuera la verdad y no practicara la mentira jamás.
Simplemente quería tener un hijo que aún siendo mío llegara a ser un día un hombre libre y feliz, esa era mi máxima para su educación.
Tuve un hijo en septiembre de 1993, Néstor. Un bebe precioso que me ayudaba a conocer y vivir experiencias nuevas. Crecíamos juntos, cariño, ternura, risas… Le dejé caer para que aprendiera a levantarse, le regalé diez juguetes para que pudiera experimentar con ellos y empezar a elegir. No censuré sus gustos y tuvo coches y muñecas, lápices y cuentos y él era un niño feliz.
Le enseñé cuando se equivocaba y sin reprimenda, cual había sido su error, que podía hacer para corregir y le animaba a seguir andando sin miedo, pero si valorando el peso de sus decisiones y las repercusiones de sus errores.
Él era un niño seguro y confiaba plenamente, sabía que si tenía algún problema lo consultaría conmigo, que antes de tomar una decisión valoraría pros y contras. Era un niño “cañero”, pero con un gran corazón y una gran dosis de inocencia. Yo me sentía feliz, aunque empezara a tomar alguna decisión que no era de mi total satisfacción la respetaba y poco a poco fue aquel que me hacía sentir satisfecha.
Ahora él tiene 14 años y hace ya un año y medio que no le reconozco. Ahora miente y toma decisiones equivocadas, sin cuantificar las repercusiones que pueden tener en él o en su entorno. Ahora ya no me escucha y tampoco me habla.
Ahora yo tengo 40 años y hace un año y medio que no sé como llegar a él. Ahora lo he probado todo, hablar y callar, dar y quitar, y no consigo llegar a él. Ahora me siento una fracasada y muy decepcionada, perdida. Es como si no hubiera retenido nada y teniendo el mundo a su disposición, mil oportunidades ha elegido el peor de los caminos. No me importa que se equivoque, me importa que no lo reconozca y que cada día suba un escalón más de rebeldía sin ni siquiera saber y plantearse el porqué. No le importa nada, no cumple con ninguna de sus obligaciones, lo quiere todo sin dar nada a cambio.
Me equivoqué y no sé en qué, él era un buen chaval. Yo estoy a su lado, pero no puedo participar en sus malas decisiones. No tiro la toalla, pero me siento francamente triste por él.
Yo ya tengo la vida echa y ya tengo un trabajo y un hogar.
Él tiene que crecer y sino enmienda el error, conseguirá ser aquella “mala compañía” que nadie desea. Se está condenando al submundo y tengo miedo.
Creía sin dudas en la educación que le daba, creía que su adolescencia sería rebelde pero segura. Que equivocada estaba!