domingo, 24 de febrero de 2008

... a los cuarenta años

Recuerdo perfectamente cuando decidí tener un hijo.
Volvía de la antigua Unión Soviética en el año 92, allí estuve un mes. Poco tiempo para conocerla bien pero suficiente para dar-me cuenta de lo bien que vivía en mi ciudad, en mi país.
Recuerdo que siempre había idealizado las sociedades comunistas, y recuerdo con exactitud la decepción que sufrí al visitar una de ellas. Quizás me quedé con la parte más superficial, pero entrar en un supermercado y no tener nada que comprar me causó mucha impresión. Allí daba igual ser un preparado ingeniero que ser el basurero, a la hora de comprar tenias las mismas opciones y el mismo precio.
Aquí, donde el capitalismo me parecía asqueroso teníamos por lo menos la oportunidades y opciones a conseguir un sueño: con esfuerzo.
Volver y aterrizar en el aeropuerto de Barcelona me hizo muchísima ilusión. Aquel viaje cambió mi vida y fue aquel mes de agosto cuando decidí tener un hijo.
Me parecía genial poderle dar millones de oportunidades para que él un día pudiera elegir libremente su camino, y aspirando simplemente que en su futuro fuera feliz.
Me marqué ayudar-le a que fuera capaz de tomar sus propias decisiones.
Me empeñé en que su camino fuera la verdad y no practicara la mentira jamás.
Simplemente quería tener un hijo que aún siendo mío llegara a ser un día un hombre libre y feliz, esa era mi máxima para su educación.
Tuve un hijo en septiembre de 1993, Néstor. Un bebe precioso que me ayudaba a conocer y vivir experiencias nuevas. Crecíamos juntos, cariño, ternura, risas… Le dejé caer para que aprendiera a levantarse, le regalé diez juguetes para que pudiera experimentar con ellos y empezar a elegir. No censuré sus gustos y tuvo coches y muñecas, lápices y cuentos y él era un niño feliz.
Le enseñé cuando se equivocaba y sin reprimenda, cual había sido su error, que podía hacer para corregir y le animaba a seguir andando sin miedo, pero si valorando el peso de sus decisiones y las repercusiones de sus errores.
Él era un niño seguro y confiaba plenamente, sabía que si tenía algún problema lo consultaría conmigo, que antes de tomar una decisión valoraría pros y contras. Era un niño “cañero”, pero con un gran corazón y una gran dosis de inocencia. Yo me sentía feliz, aunque empezara a tomar alguna decisión que no era de mi total satisfacción la respetaba y poco a poco fue aquel que me hacía sentir satisfecha.
Ahora él tiene 14 años y hace ya un año y medio que no le reconozco. Ahora miente y toma decisiones equivocadas, sin cuantificar las repercusiones que pueden tener en él o en su entorno. Ahora ya no me escucha y tampoco me habla.
Ahora yo tengo 40 años y hace un año y medio que no sé como llegar a él. Ahora lo he probado todo, hablar y callar, dar y quitar, y no consigo llegar a él. Ahora me siento una fracasada y muy decepcionada, perdida. Es como si no hubiera retenido nada y teniendo el mundo a su disposición, mil oportunidades ha elegido el peor de los caminos. No me importa que se equivoque, me importa que no lo reconozca y que cada día suba un escalón más de rebeldía sin ni siquiera saber y plantearse el porqué. No le importa nada, no cumple con ninguna de sus obligaciones, lo quiere todo sin dar nada a cambio.
Me equivoqué y no sé en qué, él era un buen chaval. Yo estoy a su lado, pero no puedo participar en sus malas decisiones. No tiro la toalla, pero me siento francamente triste por él.
Yo ya tengo la vida echa y ya tengo un trabajo y un hogar.
Él tiene que crecer y sino enmienda el error, conseguirá ser aquella “mala compañía” que nadie desea. Se está condenando al submundo y tengo miedo.
Creía sin dudas en la educación que le daba, creía que su adolescencia sería rebelde pero segura. Que equivocada estaba!

4 comentarios:

Martín Romaña dijo...

Tiendes a culparte de cualquier cosa que no funciona a tu alrededor.
Somos muchos los que te queremos, te apreciamos y nos movemos por ti. Somos muchos los que pensamos que vale la pena compartir experiencias y espacios contigo.
La rebeldía de Nestor es completamente normal, su corazón es bueno y es ahí donde se nota la educación que ha recibido, si acaso esa irresponsabilidad...
No voy a permitirme el lujo de decirte como debes hacer las cosas, no puedo ni siquiera aconsejarte y mucho menos juzgarte, solo decirte otra vez que somos muchos los que te queremos.
Eres fuerte aunque ahora te sientas cansada, agarra al Mundo y estrujalo entre las manos.

Anónimo dijo...

Ara mateix

Ara mateix enfilo aquesta agulla
amb el fil d'un propòsit que no dic
i em poso a apedaçar. Cap dels prodigis
que anunciaven taumaturgs insignes
no s'ha complert, i els anys passen de pressa.
De res a poc, i sempre amb vent de cara,
quin llarg camí d'angoixa i de silencis.
I som on som; més val saber-ho i dir-ho
i assentar els peus en terra i proclamar-nos
hereus d'un temps de dubtes i renúncies
en què els sorolls ofeguen les paraules
i amb molts miralls mig estrafem la vida.
De res no ens val l'enyor o la complanta,
ni el toc de displicent malenconia
que ens posem per jersei o per corbata
quan sortim al carrer. Tenim a penes
el que tenim i prou: l'espai d'història
concreta que ens pertoca, i un minúscul
territori per viure-la. Posem-nos
dempeus altra vegada i que se senti
la veu de tots solemnement i clara.
Cridem qui som i que tothom ho escolti.
I en acabat, que cadascú es vesteixi
com bonament li plagui, i via fora!,
que tot està per fer i tot és possible.

Miquel Martí i Pol

Anónimo dijo...

Solstici

Reconduïm-la a poc a poc, la vida,
a poc a poc i amb molta confiança,
no pas pels vells topants ni per dreceres
grandiloqüents, sinó pel discretíssim
camí del fer i desfer de cada dia.
Reconduïm-la amb dubtes i projectes,
i amb turpituds, anhels i defallences;
humanament, entre brogit i angoixes
pel gorg dels anys que ens correspon de viure.
En solitud, però no solitaris,
reconduïm la vida, amb la certesa
que cap esforç no cau en terra eixorca.
Dia vindrà que algú beurà a mans plenes
l’aigua de llum que brolli de les pedres
d’aquest temps nou que ara esculpim nosaltres.

Miquel Martí i Pol

clara bonet dijo...

En un reino mágico había una vez un estanque maravilloso. Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la tristeza y la furia para bañarse en mutua compañía. Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.
La furia que tenía prisa (como siempre le ocurre), se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró...
Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza...Y vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa-o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque. En la orilla se dio cuenta que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.