Con sus manos construyó con arcilla, la mujer que en sus sueños le atrapaba cada día. Humedecía el barro y dando vueltas, recreándose en cada curva, cerrando los ojos para ser fiel al recuerdo, dedicaba todas las horas del día. Creaba con esmero una mujer especial, aquel hombre al que todos conocían por bohemio. Aquel pequeño despacho en medio de una gran ciudad, era el taller de una vida que solo tenía espacio entre esas cuatro paredes. Una realidad, paralela a todo aquel mundo que se divisaba desde el ventanal, tras las cortinas. Allí, aquel hombre y su imaginación eran felices.
Cuando el molde estuvo seco, lo pintó detenidamente. Perfiló unos labios sensuales y carnosos, apetecibles a besos sin final. Dibujó unos ojos enigmáticos, de aquellos que invitan a investigar porque siempre esconden algo más. Una melena larga, que pudiera vibrar con el viento y los suspiros. Unas orejas delicadas, dignas de cualquier confidencia. Unos pechos medianos y fuertes, como cojín para el cansancio, como insinuación al sexo. Unos brazos delgados, sin joyas como muestra de humildad. Una barriguita con forma, sinónimo de la madre tierra. Un pubis entreabierto al placer y cerrado al dolor. Unas rodillas finas y fuertes, de estabilidad. Y unos pies muy delicados, bajo tobillos bien definidos.
El, la miró y sintió un gozo enorme. En barro tenía entre sus brazos, a la mujer de sus sueños. Moldeada a su único antojo. Piel de cordero, el bohemio tenía alma de lobo. Cada día, cuando entraba allí dejando fuera toda preocupación, la besaba, le hablaba, le hacía el amor de mil formas vaporosas, que convertían aquel trozo de barro, en el alma más mortal que acaba en el cielo del deseo. El, la quería y cada día esperaba aquel momento único, que no podía compartir con nadie más. El hombre se sentía feliz, satisfecho, aquel rincón con un único dueño no hacía daño a nadie. Ni a sus sueños ni a su realidad.
Pero un día entró, y la mujer de barro ya no estaba allí. Se volvió loco buscando, no estaba. Se volvió loco llorando, ella no estaba. Desesperado la buscó incluso por las calles. Su mundo se quebrantó. Pasaron días y días de agonía, de vagabundear en sus dos mundos. Aquel genio desesperado, pudo darse cuenta del porqué ella se marchó. Él se había olvidado del corazón.
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